Transformación en los hábitos alimentarios argentinos: el ascenso del pollo y el cerdo
El legado cultural del asado y la carne vacuna, que ha sido un pilar de la dieta argentina a lo largo de los años, está atravesando una transformación notable en la actualidad. Según un informe reciente de la Cámara de la Industria y el Comercio de Carnes y Derivados (Ciccra), el consumo de carne vacuna ha llegado a su punto más bajo en dos décadas, con un promedio de apenas 47,5 kilos por persona al año. Este cambio no es simplemente una cuestión de números; refleja un impacto profundo en los hábitos alimentarios de los argentinos, impulsado por la crisis económica que ha debilitado el poder adquisitivo de la población.
Los datos indican que, mientras el consumo de carne vacuna se encuentra en declive, proteínas más accesibles como el pollo y el cerdo están emergiendo como alternativas viables en las mesas argentinas. La producción general de carne durante el primer semestre del año se ha visto afectada, con una disminución del 7,3% en comparación con el año anterior, resultando en un consumo interno de 855.750 toneladas —106.700 toneladas menos que en el mismo período del año pasado. Este cambio de patrones alimenticios está basado, en parte, en el contexto de precios, donde las carnes blancas, como el pollo y el cerdo, presentan incrementos de precios más moderados comparados con los estratosféricos aumentos que han sufrido los cortes vacunos, que alcanzaron un 57,9% en los últimos doce meses.
Como contrapartida al consumo interno, las exportaciones de carne argentina se mantienen dinámicas, con un crecimiento del 5,1% gracias a la creciente demanda de mercados internacionales, como el estadounidense. Sin embargo, el consumo local sigue siendo la fuente de preocupación. Mientras el precio de un kilo de asado supera ampliamente al del pollo y el cerdo, estos últimos se han posicionado como las opciones más económicas y atractivas. La combinación de un consumo anual promedio de 113,8 kilos de carne por persona, que incluye estas proteínas alternativas, y el cambio en los precios, ha llevado a una equilibrada dieta proteica en el país, marcando un giro que podría redefinir la manera en que los argentinos se relacionan con la comida en los años venideros.


