El Secuestro de Fangio: Una Historia de Velocidad y Revolución
En febrero de 1958, una trama digna de una película se desarrolló en La Habana. El quíntuple campeón del mundo de Fórmula 1, Juan Manuel Fangio, fue secuestrado a punta de pistola por militantes del Movimiento 26 de Julio, la facción revolucionaria liderada por Fidel Castro. Al día siguiente, tenía que competir en el Gran Premio de Cuba, pero su ausencia de la pista lo salvó de una tragedia que marcaría la historia del automovilismo. Como una ironía del destino, el mismo día del secuestro, los argentinos celebraban la victoria de Arturo Frondizi en las elecciones presidenciales.
Un Secuestro Inusual
Fangio llegó a la isla como la máxima figura del automovilismo mundial, a los 46 años y con cinco títulos de F1 en su haber. El Gran Premio era una oportunidad para que el gobierno de Fulgencio Batista mostrara la estabilidad de Cuba en medio de la insurrección. Faustino Pérez, el jefe del Movimiento, orquestó el operativo que terminó con la controvertida figura de Fangio en el lobby del Hotel Lincoln. Armado con un revólver, un miliciano llamado Manuel Uziel lo obligó a salir, mientras prosperaba una conversación casual con el también piloto Stirling Moss. A pesar de la situación, sus captores actuaron de manera insólitamente civilizada, pidiéndole autógrafos y ofreciendo un plato de papas fritas.
La Carrera que Nunca fue
La carrera, que se llevó a cabo con un público multitudinario, terminó trágicamente. En la sexta vuelta, una Ferrari de un piloto local perdió el control y se metió entre los espectadores, resultando en la muerte de seis personas y más de cuarenta heridos. Aunque el piloto argentino normalmente brillaba por su destreza en la pista, ese día, en su refugio temporal, admitió que quizás habían hecho un favor al evitarle enfrentar una carrera con un auto que presentaba graves desbalances.
Finalmente, tras 27 horas de cautiverio, Fangio fue liberado. Los guerrilleros, temerosos de que el gobierno de Batista lo asesinara para culparlos, lo llevaron a la Embajada argentina, donde cerró un capítulo de su vida que no terminaría en rencor. Años después, en 1981, regresó a Cuba, donde Fidel Castro le ofreció una disculpa formal por el secuestro. Así, la habitación 810 del Hotel Lincoln, que una vez ocupó, lleva hoy su nombre, recordando un episodio que une velocidad y revolución en la memoria colectiva del automovilismo.


